BOYEROS
UN PATRIMONIO MUNDIAL
Tanto los visitantes como los residentes muestran entusiasmo cuando las coloridas carretas con ruedas de madera y tiradas por bueyes monumentales y empeñosos, recorren los caminos empinados que conducen a los campos de Costa Rica, para realizar sus labores diarias. Los boyeros (los hombres que guían a los bueyes) y sus pintorescas carretas, son típicamente ticos.
Con su paso laborioso y adormilado, históricamente estos vehículos transportaban legumbres frescas, carbón y sal, además de materiales para la construcción de iglesias, puentes y escuelas. Pero la faena de los bueyes no se reduce al tirar de la carreta. Estos nobles animales también abren surcos en la tierra y dan vueltas en los trapiches (molinos para extraer el jugo de la caña de azúcar), perpetuando una tradición ajena a los tractores modernos Y es que justo en ese momento nos rodea un mínimo de 700 de estas encantadoras criaturas, que nos brindan un espectáculo fenomenal y excesivamente emotivo por su exuberancia. Sí, hasta el océano parecía vibrar con su impetuosa energía.
?Splash,? el más cercano inquieta las aguas y crea un remolino de rocío salado que humedece al extasiado grupo de caras humanas. Hay cierto olor a pescado, pero a nadie le molesta. Todos gozamos enormemente.
Sierra Goodman, fundadora de ?Delfín Amor?, compañía que ofrece encuentros con delfines y ballenas, palmea las manos con alegría cada vez que uno de los mamíferos marinos realiza una voltereta en el aire. Es obvio, ella cree ser la mujer con el mejor trabajo del mundo, y yo no me opongo.
Después de media hora, Sierra da un aviso largamente esperado, ?¡Los delfines se han tranquilizado, ya podemos entrar al agua con ellos!? Nuestra emoción es más que evidente y en la prisa por ponernos las máscaras y las aletas, trepamos uno encima del otro.
?Sluuush,? entro al agua como un torpedo y siento la calidez azul que me cubre como una suave cobija. Hoy la visibilidad es buena y me encuentro en un mundo color cobalto puro, lleno de vida y con rayos de sol que penetran la superficie y bailan sobre la piel lisa de los delfines.
Ellos me rodean lentamente; satisfaciendo su curiosidad al máximo; sonriendo, como siempre lo hacen los delfines. Entonces, otros torpedos humanos se lanzan del barco y comparten esta maravillosa escena de movimiento y sonido. Ellos se ven torpes en comparación a las hábiles criaturas que se deslizan en su reino acuático con la misma gracia que los patinadores en el hielo.
Cliquean y pitan. Nos sondean con su radar sofisticado y no dejan de sonreír enigmáticamente. Son tantos que forman un remolino a mi alrededor, y me siento como Dorothy en El Mago de Oz; sólo que el tornado no es de viento, es de delfines.
Y al igual que ellos yo sonrío abiertamente; una expresión que no tiene valor práctico debajo del mar. El agua entra a mi boca y chisporroteo. Los delfines me miran entretenidos. La experiencia es simplemente conmovedora. ¡No sabía que esto era posible en Costa Rica!
Se quedan un rato más, acercándose tanto que puedo sentir el movimiento del agua sobre mi cuerpo, mientras se menean para saludar a cada visitante. Luego desaparecen.
?Es una experiencia maravillosa, ¿verdad?? pregunta Sierra ? sin pretensiones de obtener respuestas ? cuando regresamos al bote. ?La Península Osa tiene el potencial para ser uno de los mejores sitios en el mundo para conocer delfines y ballenas. Tenemos 25 especies distintas, además de ser el punto de encuentro entre ballenas jorobadas del norte y del sur. No hay otro lugar igual.?
No me queda más que consentir.
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“Y… ¿dónde están los tiburones?” pregunté con falsa serenidad, tratando de ocultar mis nervios. 
